Un motivo para reír

Mi padre era una cucaracha gorda y salida que se pasó media vida montando concesionarios: mi madre no fue la única en ser trajinada por aquel crápula semental.

Tuvo a bien depositar sus espermatóforos en la espermateca de mi madre; se la folló a base de bien, y de ahí salí yo: una cucaracha hembra sana, bien formada, cargada de bacterias y proteínas, una suerte de descendencia que está a punto de completar su ciclo vital habiendo traicionado a su especie, pues, a diferencia del resto, siento un amor desmedido por el ser humano.

Sin propósito intrínseco, decidí abrazar el existencialismo con la esperanza de crear un sentido propio: fue así que el ser humano se convirtió en mi objeto de estudio.

Aun así, odio a mi padre por haberme arrastrado al absurdo de la vida.

Todo empezó en la mañana del 10 de octubre de 2025, cuando me instalé en un cálido —y mugriento— respiradero de la segunda planta del hospital Dos de Maig, aquí, en Barcelona.

Allí fui testigo del incesante ir y venir de un sinfín de seres humanos que, sin perder la fe, recogían los resultados de complicadas pruebas, la mayoría relacionadas con sus cerebros.

Curiosa herramienta, el cerebro humano: la mayor parte no lo usa, pero ahí está, procesando información, malinterpretando estímulos, queriendo follar y matar, siempre visceral.

La vida de una cucaracha es mucho más sencilla, pero, en lo básico, se reduce a lo mismo: nacer, crecer, reproducirse y morir. En esencia, nos parecemos bastante. Darme cuenta de ello suscitó en mí un sincero interés; ese fue el primer paso hacia un propósito mayor.

Aquel tipo taciturno y cabizbajo, de unos treinta y siete años, cubierto de tatuajes y con un ridículo gorrito negro, entró en la consulta del neurólogo temblando de miedo.

Se sentó ante el doctor, con la mirada encolerizada: había terror en aquellos ojos envasados al vacío, un sentimiento compartido entre el ansia de vida y el miedo a una muerte prematura.

Sin duda se había planteado ir a la privada, pero no: se mantenía fiel a la sanidad pública, esa que pagaba cada mes con un porcentaje de su nómina, mientras que ciertas hermanas y hermanos míos, en sus reforzadas posiciones políticas, habiendo adoptado forma humana, se esforzaban en deteriorarla para así empujar a la ciudadanía hacia el sector privado.

Ay, la fe: qué cosa tan trágica y hermosa, impropia de los insectos, pero capaz de cautivar a una cucaracha cultivada como yo —pasé más de un año en el campus de Humanidades de la Universidad de Barcelona, asistiendo a interesantísimas clases acerca de la memoria y herencia de estas extrañas criaturas, repulsivas, sí, pero profundamente emocionales, racionales cuando quieren.

Las imágenes de su cerebro aparecieron en pantalla: era un magnífico ejemplar, un mamífero formidable, sano y fuerte. No había ni rastro de lesiones de ningún tipo, lo que debió de ser recibido con alegría por el sujeto. En cambio, aquello le hizo llorar desconsoladamente, y dijo:

– Ni siquiera estamos a mediados de octubre y ya han puesto las luces de Navidad. Todo se acelera, la inercia nos arrastra. Me siento morir.

El doctor se quedó patidifuso, anonadado, ensimismado, cauterizado en una incierta expresión de incredulidad —como veis, tengo buen vocabulario para ser una cucaracha.

– Si no tengo ninguna lesión cerebral, ¿cómo es posible que no encuentre sentido a nada de lo que ocurre a mi alrededor? Todo el mundo parece feliz en redes sociales, en las fiestas, los bares, los estadios de fútbol, pero, en verdad, nadie es feliz; todo el mundo se deja arrastrar por la inercia… En tanto que es temporal, ¿tiene algún sentido sobrevivir?

– ¡Pero hombre, también hay cosas buenas! —exclamó el doctor, dejándose llevar hacia un estado de exaltación próximo al delirio, como si, además de neurólogo, fuera su coach.

– Dígame una, doctor —el paciente retó al médico.

– Pues mira, sin ir más lejos, el gilipollas de Donald Trump se ha quedado sin Nobel de la Paz —se miraron fijamente unos segundos. Luego, rompieron a reír a carcajadas durante largo rato.

Oculta tras la rendija, me dejé llevar a un febril estado de exaltación mientras era montada por un maromo desconocido, que habría de depositar en mi espermateca sus espermatóforos.

Luego, tras separarnos, busqué un rincón seguro donde asearme. Deslicé las patas delanteras por mis antenas, compulsivamente, una y otra vez, durante horas, hasta sentirme limpia. No porque los humanos me den asco, sino porque aquel contacto repulsivo me recordó que tal acción arrastraría al absurdo a otras cucarachas, que habrían de hallar por sí mismas, en completa incertidumbre, un motivo para reír.

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