Sudar la desesperación

Me oculto en una pequeña hendidura situada en el techo de un gimnasio de cierto nivel, ubicado en el barrio de Gràcia, aquí, en Barcelona, ciudad ambicionada por toda cucaracha que sepa de su existencia.

Desde mi ubicación tengo una visual perfecta de las escaleras que conectan la recepción con los vestuarios —el femenino, en la primera planta; el masculino, en la segunda.

No es que me entusiasme ser espectadora del ir y venir de esas repulsivas criaturas a las que llamamos humanos, pero, hasta que caiga la noche, es un lugar seguro, alejado del bullicio.

Sin duda, el sitio más agradable son las duchas, con toda esa humedad y suculentos restos orgánicos, pero una se arriesga a ser pisoteada… o, peor aún, a que una de esas dichosas abominaciones bípedas ponga una queja y se efectúe una nueva fumigación, como la del desastre de 2020, cuando, a raíz de la COVID, se extremó la higiene de las instalaciones.

La pandemia: ¡qué gran época para estar viva! Aquello era el paraíso; libres, de aquí para allá. Había fiestas multitudinarias, y hasta orgías. Lástima que no haya sido para siempre.

¿Qué podría decir de mí? Poca cosa: una más del montón. Habito un gimnasio por pura comodidad; junto con los restaurantes y las discotecas, son el lugar predilecto de mi especie aquí, en las grandes ciudades. Son perfectos para establecer grandes colonias.

Para matar el tiempo, me dedico a analizar a los humanos que ascienden y descienden estas lustrosas escaleras. A algunos los conozco por nombre y apellido, tras meses de verlos pasear su profunda insatisfacción por el lugar.

Curiosas criaturas, los humanos: pagan una mensualidad —equivalente a una fortuna en lo que a anualidad se refiere— por juntarse con sus semejantes y sudar entre cuatro paredes. En la mayoría de los casos, ni siquiera se dirigen la palabra; de hecho, se evitan.

Un mundo inmenso ahí fuera, lleno de posibilidades, pero sudan en conjunto, rodeando su individualismo egoísta y desquiciado de otros individuos a los que desprecian, o bien porque ocupan las máquinas mientras revisan el móvil, o porque no colocan la toalla en el asiento antes de usarla. Se molestan solo con estar, porque al estar ocupan espacio y, al hacerlo, respiran el mismo aire y rezuman un sudor que inevitablemente acaba siendo compartido.

Solo de pensarlo, se me pone la piel de gallina: «¡Qué asco!», mascullo para mis adentros.

Está el croissant vigoréxico que hace las últimas flexiones en el jacuzzi, para estupor de los presentes; el treintañero con incipiente alopecia cuya autoestima depende de mantener fortalecidos los bíceps; la mamá primeriza cuyo monstruo bajo la cama son las estrías posparto; el jubilado que teme a la muerte, y el que la desea pero aun así la evita; grupos de adolescentes que se lamen con la mirada y cuarentones tristes que babean al verlos pasar, con sed o con envidia. Una fauna estrambótica y desorientada, como la humanidad misma.

Centro toda mi atención en un chico de treinta y tantos que se detiene a medio camino entre la recepción y la primera planta, en plenas escaleras. Se mantiene hierático en el centro, mientras el resto sigue su camino. Es entonces cuando rompe a reír a carcajadas, sin que mayor estímulo que el de sus propios pensamientos haya podido suscitar tal reacción. Ríe y ríe sin parar, hasta el atragantamiento, y una mujer mayor lo asiste para que tome asiento en un escalón, asfixiado; le frota la espalda mientras se recompone como buenamente puede.

Se forma un corro alrededor del muchacho, que jadea exhausto, con una sonrisa ansiosa dibujada en los labios. Pasados unos minutos, ya está mejor. Se le ha pasado un poco.

Entonces aparece en escena otro chico de su misma edad, con el pelo rapado, los ojos verde esmeralda, muy juntos, el rostro alargado y un hoyuelo perfecto en el mentón, a lo Kirk Douglas:

– ¿¡Qué ocurre!? —pregunta, apoyando una mano en el rostro del joven desvalido, presumiblemente su pareja.

Este, ya recompuesto, con su habitual tono de piel cubriéndole el rostro, responde:

– Es que… me pregunté a mí mismo si soy feliz, y esa palabra, felicidad, me pareció el mayor chiste de nuestra época.

Lo dice con una sinceridad tan profunda que duele. Resulta conmovedor.

Se hace un ensordecedor silencio. Es tan intenso que alcanza a silenciar la música de la clase de crossfit. Todos sostienen la mirada en aquel joven que, de repente, parece un santo.

Su pareja lo sostiene, lo ayuda a caminar hasta la entrada, y juntos abandonan el edificio. El entrenamiento queda suspendido: es momento de descansar, desahogarse y, si se tercia, hablarlo.

Llegada la hora, ya con las instalaciones cerradas al público, me siento segura en mi rincón, así que aprovecho para asearme. El contacto con el ser humano siempre me hace sentir sucia. No obstante, esta repentina empatía suaviza la sensación hasta tal punto que, en apenas unos minutos, estoy lista. Preparada para la vida. Dispuesta a reír el chiste hasta el final.

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