Tendría veinte años recién cumplidos; ha pasado una eternidad desde entonces.
La crisis de 2008 pegaba con fuerza: todo el mundo artista, nadie con trabajo.
Solía ir a tomar café con una vecina del bloque, una jubilada de ochenta años que siempre hacía la misma broma cuando le preguntaban «¿Qué tal?». Se encogía de hombros, lagrimosa, y decía: «Ay, pues fatal: no me ha venido la regla».
El que más y el que menos, reía. Florencia reía con su interlocutor, con ese humor estoico de quien ha padecido lo suficiente la vida como para saber vivirla en paz.
Yo era un mocoso descerebrado, con mucho cuento y nada que contar: la crisis me pilló en el mejor momento: un paquete de tabaco Pueblo, ron Negrita, costo apaleado… ¿qué más podía pedir a la vida?
Frente a la cafetería Nuevo Orden Mundial, donde solíamos pasar cada mañana —un antro de mala muerte lleno de punkis, sharperos y perroflautas de todas las clases: de los de barrio obrero y de los que ocupan por placer—, se situaba una inmobiliaria de lujo llamada Don Vivienda. Solía amanecer con los cristales rotos, pintarrajeada y con la verja golpeada: la A de anarquía, el símbolo okupa, un siempre convincente «HIJOS DE PUTA».
Yo no entendía nada —ya tendría tiempo de entender.
El dueño era un tipo larguirucho, siempre trajeado y con gesto afable, una pronunciada alopecia y mirada gentil. Como Florencia, siempre estaba de buen humor, pero la anciana solía perder la alegría al verlo asomar calle abajo: «Marrano», mascullaba. Yo reía cuando lo hacía, y el tipo caminaba como un dibujo animado, con gestos exagerados, tarareando; en ocasiones silbaba. Saludaba a los vecinos del barrio esbozando una sonrisa, como si fuera amigo de todos, cuando en realidad nadie lo soportaba.
Una vez levantada la verja, habiendo ignorado cualquier desperfecto que se hubiera producido durante la noche, miraba al exterior y, hinchado como un pavo, hacía un gesto teatral con el brazo derecho, como quien va a por todas, y decía: «¡A eeespecular!». Luego entraba en el local y se perdía durante horas en sus hojas de cálculo, contratos, posibles arrendamientos, nuevos inmuebles, inquilinos problemáticos, etcétera. Era el vivo reflejo de la persona bendecida por un profundo amor al trabajo. Porque desde pequeños nos enseñan que es el objetivo vital de todo ser humano: interrumpen de forma atroz ese sueño —y regalo— que es la juventud, con una insufrible lista de obligaciones.
El delirio de un trabajo digno, que a su vez dignifica, es como las cebras: muy bonitas, preciosas, pero solo sirven para que los niños aprendan la letra Z en inglés.
Aquel hombre amaba su trabajo. Daba igual que lloviera, tronara, se desbordaran los ríos y los mares: él se plantaba en su puesto, agarraba sus folios y se ponía manos a la obra, risueño. La semana pasada, en Ibiza, habría ido a trabajar en canoa. Estoy seguro.
Florencia conocía a su madre, una mujer ruda y malhumorada, severa como la que más, reconocida pionera del sector inmobiliario español, de esas que supieron manejar la situación durante el tardofranquismo, engordando las vacas flacas para sí. No había sido fácil: ser madre y gánster, en un mundo de hombres, nunca lo es. Había concebido a su heredero en el viaje de bodas, en Praga: «Lástima de un kleenex en la divina providencia de una acertada marcha atrás», sentenció Florencia al contarme la historia. Yo reí. Reí fuerte.
Un día, Don Vivienda interrumpió su apasionante jornada para ir a por un café a la cadena de bollería de la esquina —camaradas en aquello de destruir los barrios—. Desde el Nuevo Orden Mundial empezaron a lloverle tapones de botella, un fugaz chaparrón de plástico que no acertaba a mermar sus energías. Saludó sonriente a los antisistema; me dije que estaba en su salsa, que aquello tan solo lo animaba a seguir.
Tal vez por eso los tapones vienen pegados a las botellas. Está todo calculado.

La vivienda el drama el casi imposible de vuestra generacion
Totalmente!