¿Os ha pasado? ¿Vuestros posts y stories apenas tienen alcance?
¿Os habéis preguntado para qué sirve Instagram si vuestros contenidos no llegan a nadie?
La utilidad de este espacio es clara: hacernos tragar masivamente impactos publicitarios mientras consumimos contenidos cada vez más simples, vacíos, ambiguos y subnormalizantes.
Unos contenidos, en su mayoría, dirigidos a reforzar un complejo sistema de adicciones que tiene por fin reducir las capacidades cognitivas del usuario al mínimo básico: ese en el que uno compra por comprar, consume por consumir, reforzando sus inseguridades y complejos hasta el automatismo de una infeliz dependencia que lo aprisiona en un sistema que, como estas redes —antes sociales—, exprime hasta la extenuación al individuo.
En sus orígenes, estos espacios se sostenían en el —falso— idilio de las conexiones sociales, la comunicación directa, en definitiva, la comunidad. En ellas no había lugar para el individualismo: todo era en grupo —¿os acordáis de los grupos?—, en hermandad.
Ahora son desiertos individuales de insatisfacción, soberbia y soledad: pagas para que te vean o eres invisible. Pagues o no, consumes publicidad; te dejas empujar hacia un consumo tangible.
Navegamos por feeds interminables, sin mayor entusiasmo que el invocado por nuestra reforzada adicción, porque, como sabemos, desaparecer de estos espacios equivale a esfumarnos de las vidas de nuestros allegados.
Es curiosa esta libertad de la que tanto fardamos.
No solo somos adictos a un consumo nocivo de entretenimiento que, en realidad, no entretiene, o a un tipo de información que, en realidad, no informa. Además, portamos la herramienta de consumo allá donde vamos: un concierto, unas vacaciones, una terraza con amigos. Manos alzadas, pantalla enfrentada a unos sentidos que se atrofian, que se vuelven esclavos de la brevedad, de lo simple, de lo aburrido.
Es justo lo que el capitalismo necesitaba: una herramienta que, maquillada por el idilio de la conexión, fuera capaz de reforzar las inseguridades y vacíos del individuo, generando en él interminables necesidades a ser abastecidas por un mercado de catálogos infinitos, donde siempre hay algo que comprar, algo que desear, algo que atesorar. Una herramienta capaz, en resumidas cuentas, de vender al consumidor su propia miseria —sin que este se percate.
En resumen: un vertedero publicitario donde no existen conexiones reales entre personas, tan solo un oscuro individualismo disfrazado de euforia donde una serie de algoritmos —sustituidos ahora por la inteligencia artificial— incide en aquellas partes del cerebro donde cualquier droga hunde sus raíces, haciendo eclosionar la adicción.
Hace no tanto, recibíamos igualmente un número elevado de impactos publicitarios durante nuestra navegación por estos espacios, pero asistíamos también a las realidades inmediatas de un montón de personas que, en cierto modo, nos importaban. Lucíamos orgullosos, ante quienes nos seguían, nuestra realidad en ese pequeño escaparate donde gozábamos de nuestro cuarto de hora de fama prometido.
Ahora, sin alcance, únicamente somos alcanzados.
Bajo un constante bombardeo de información manipulada y entretenimiento vacío, no solo nos arrastramos en un perenne malestar —ansiedad, depresión, eterna insatisfacción—, también nos volvemos más dóciles e idiotas, incapaces de dedicar más de veinte segundos a cualquier otro contenido que no sea ofrecido por una de las numerosas pantallas que constituyen nuestra limitada realidad.
Un libro, por ejemplo. Una película sin segunda pantalla.
Un instante sin que alguien intente vendernos algo.
O tal vez una conexión real, sin descanso para la publicidad.
Parecerá una tontería, pero todo lo que nos gusta —absolutamente todo lo que genera en nosotros un ápice de interés— lo ha elegido un algoritmo; la IA, en última instancia.
Y a esto lo llamamos comunicación, entretenimiento, libre albedrío: la libertad de consumirse en un incombustible e insatisfactorio consumo.
Antes, los adictos lo flipaban en colores; ahora compran en Amazon.
Tendremos una vida larga, muy larga. Pero viviremos muy poco.

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