Hoy amanecemos con la noticia de que el mismísimo Juan del Val ha sido galardonado con el Premio Planeta: los escépticos callan; los haters ladran; quienes nos dedicamos a esto por amor reímos —por no llorar—; quienes se dejan seducir fácilmente, aplauden.
Otorgar a alguien un premio literario es confirmar no solo su talento para juntar letras, sino su capacidad de construir cultura, opinión, discurso y reflexión; en resumidas cuentas, confirma su capacidad como comunicador e intelectual. Pero cuando un premio como el Planeta se transforma en un cortijo donde se trafica con intereses, el daño a la literatura es irreparable. Y es que todo se queda en casa, al resguardo, además, de compartidas convicciones.
Anteriormente, cuando hubo que reforzar, una vez más, a un peso pesado de la comunicación —afín a la casa—, como fue el caso de Sonsoles Ónega con su obra Las hijas de la criada (2023), anduvieron igualmente finos: la reina Letizia, con sus mejores galas, guardó cola junto con el resto de lectores para saludar a su amiga y que le firmara el «fallido folletín», campechana ella.
De eso trata el premio: reforzar a quienes construyen opinión en torno a una ideología determinada, otorgándoles un galardón que pone en evidencia su limitada capacidad de hacer reflexionar a la población, de fomentar en ella un verdadero espíritu crítico y, en definitiva, de cumplir con la auténtica finalidad de la literatura: empujar el inconformismo del lector, su carácter crítico ante cualquier estímulo que provenga del exterior, sin importar su color.
Además, el triunfo de Juan del Val en el Premio Planeta es el broche perfecto del matrimonio mediático entre Antena 3 y el imperio editorial de Planeta: como con Ónega, todo se queda en casa.
Ahora le toca el turno a un personaje televisivo de esos que, sin ser experto en nada, se atreve a opinar de todo, nada menos que en uno de los espacios donde más cómodos se han sentido ciertos discursos deleznables en los últimos tiempos.
No discuto su talento literario —personajes más cuestionables lo han atesorado con anterioridad—, pero, ¿de veras, de entre todos los nombres que hoy dedican su tiempo a construir literatura, Juan del Val es el más destacado, el merecedor de un premio que en otro tiempo fue prestigioso?
Me temo que esta decisión nada tiene que ver con la literatura: en un tiempo en que todo, absolutamente todo, está politizado, Planeta instrumentaliza las letras para reforzar sus intereses, premiando a quienes ya disponen de visibilidad en su altavoz mediático. Si bien es cierto que el arte y la literatura, queramos o no, son política, los premios no deberían serlo.
Esta opinión nada tiene que ver con mi ideología: soy de esos que, pese a discrepar en lo fundamental y a indignarme ante ciertas salidas de tono, considera a Michel Houellebecq el mejor escritor de nuestro siglo; jamás coincidí en ideología con Vargas Llosa, pero siempre vuelvo a La ciudad y los perros, para mí una de las mejores novelas en lengua castellana de la historia reciente. No sería un buen lector si me limitara únicamente a leer a escritores y escritoras con los que comparto valores e ideología.
No voy a juzgar una obra sin leerla —y os aseguro que lo haré; estaré encantado, incluso, de tragarme mis palabras—, pero me atrevo a sospechar que este premio, por su reciente trayectoria, nada tiene que ver con la literatura. Es, en todo caso, un catalizador de opiniones, otro medio blanqueador de discursos que, además de peligrosos, resultan nocivos para el tejido social de nuestro país, y, en definitiva, un refuerzo de los intereses de un gigante empresarial.
Para finalizar, me pregunto qué habría ocurrido en este último lustro si Planeta hubiera cumplido con lo que en otro tiempo se esperó del grupo: premiar la creación literaria, fomentar el talento, impulsarlo y, sobre todo, hacer posible su progresión. Qué habría ocurrido si la enorme suma de dinero que ofrece con este premio hubiera recaído en escritores y escritoras con un talento innato, con toda seguridad menos visibles que los personajes mediáticos —de su propia casa— a los que suele premiar.
Tal vez los países vecinos —sobre todo Francia— dejarían de llevarnos una ventaja colosal en esto de la literatura, disciplina que, entre otras cosas, no solo nutrimos fielmente durante siglos, sino que además inventamos, porque de aquí surgió la universal.
Pero hoy, por desgracia, todo está instrumentalizado, incluso aquello que construye no solo nuestra identidad, sino también el alma de un país que desborda talento desaprovechado, explotado e ignorado; un país donde resulta prácticamente imposible construir cultura si no has nacido en el lugar adecuado o no eres afín —desde el absoluto dogmatismo— a una ideología determinada. No solo a la de la derecha.

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Hace tiempo que ese premio se da de antemano y a dedo y todo el mundo lo sabe… Es una lástima lo prostituido que está todo.
Leo hasta que llego a las palabras «extrema derecha». Eres otro ejemplo de que todo lo que no te gusta es de nazis. Gran pensador demuestras ser.
Siempre es más fácil dejar de leer justo cuando algo no nos gusta. Es una forma muy cómoda de no enfrentarse a las ideas, aunque no precisamente la más inteligente 😉
Yo cuando termine las lecturas que tengo pendientes tambien lo leeré aunque solo sea por curiosidad de saber que o como escribe
Ni que sea por confirmar sospechas jeje
Éste seguro que era de los huelebragas que rabiaron cuando se descubrió que Carmen Mola eran señoros machirulos opresores
Pero… ¿los señoros machirulos opresores huelen bragas? No me queda claro.
La Bestia es buen libro, pero Ovni 78 es mejor y, además, Wu Ming son más señoros que Mola.