Corre el año 3000 y el ser humano no habita Marte. Eso sí, Barcelona se le parece bastante: con inviernos a menos diez grados centígrados, veranos a más de cincuenta, violentas danas en otoño y destructivas sequías en agosto. Ni que hablar de los treinta y seis nietos de la Rosalía, producidos por gestación subrogada en campos de reproducción ubicados en países donde los derechos humanos brillan por su ausencia; ni de cómo la diva ha logrado la vida eterna a golpe de talonario, gracias, entre otros, a Google, entidad propietaria de la patente de la inmortalidad.
El futuro es una mierda, pero, siendo pragmáticos, es la mierda que merecemos.
Y, en nuestra mierda, la música como tal ya no existe.
Todo comenzó en la primera década del pasado siglo: ya nadie disfrutaba de ella, pero eran millones quienes pagaban por asistir a conciertos. Entradas para grandes festivales, plataformas de streaming: fue ahí donde dio comienzo el oscurantismo dentro del mundo musical; no obstante, se inició también la que sería la era dorada de la publicidad, en tanto que la música, secuestrada por el capitalismo, se convirtió en un cebo para capitalizar la atención del consumidor.
La música era una excusa; el espectador, un producto a exprimir, consumir y explotar.
Los festivales se transformaron en grandes almacenes donde marcas como Amazon o Spotify —especialistas en explotar a los artistas y quedarse con los beneficios derivados de su creación— fueron los grandes patrocinadores. Coachella, Glastonbury, Primavera Sound, Mad Cool, Sónar… fueron tan solo los primeros macroprostíbulos que hicieron posible tal secuestro, acelerado por la pandemia y sus impredecibles consecuencias.
Ahora, en la distancia, todo se ha normalizado: antidepresivos con el abono, una buena dosis de ansiolíticos previa, marcas neoliberales erigiendo fastuosos escenarios, bandas y artistas con grilletes, y asistentes que han de atravesar largos catálogos para asistir a los conciertos de sus músicos favoritos —la mayoría generados por inteligencia artificial y proyectados en escena gracias a la más puntera tecnología.
Entre canción y canción, anuncios; si no pagas el abono premium, durante tu tema favorito el chip que llevas alojado en el cerebro silenciará el estribillo para ofrecerte lo último en cosmética regenerativa a base de células madre.
Yo, que tengo una memoria de más de mil años —sin ser la Rosalía, sobra decir—, me inclino a aplaudir al Sistema: la broma, por infinita, es magistral.
No olvido que soy un arma, resucitada por la revolución.
Observo alrededor: rostros eufóricos, dopados; manos alzadas en ebrias coreografías; infelicidad disfrazada de ocio y mercadotecnia disfrazada de hermandad.
Hubo un tiempo en que las personas se juntaban ante un fuego y danzaban al son de ruidosos tambores. En adelante, la música cumpliría una función lúdica, revolucionaria, humana y emancipadora. Todas las épocas tendrían la suya. Más tarde, el capitalismo secuestró la música, y entonces nadie volvió a juntarse a disfrutar de ella sin pagar por hacerlo. Un sinfín de marcas se apropiaron de esta iniciativa, transformando el ritual en un bien de mercado y simplificando a los artistas—y con ello las fórmulas— hasta convertirlos en agentes subnormalizantes, porque cuanto más simple y vacío sea el producto, mejor funciona.
Del aplauso a la rebeldía pasamos al aplauso a la mediocridad: para que un sinfín de nepo babies pudieran dedicarse a la música, hubo que reducir al mínimo la calidad de la misma.
La fábrica estaba a punto: tan solo hacían falta inversores. Y, cómo no, ahí entraron en juego las marcas comerciales.
Ahora la industria funciona como cualquier cadena de montaje: una gran multinacional pare a un artista mediocre con melodías de laboratorio y letras complacientes —que no hablan de nada, pero divierten—; un par de promotoras lo reparten en fechas por todo el mundo, y las grandes marcas estampan su sello. Por último, los macrofestivales convocan a cientos de miles de personas en una especie de secuestro exprés donde habrán de pagar por todo, hasta por lo más básico.
Las redes sociales, ahora inscritas en el Metaverso, se encargan de inocular en mentes poco lúcidas la necesidad de estar allí, de no perdérselo; algo llamado FOMO que, en este futuro distópico que vengo a presentaros, es ya una etapa más de la adolescencia, junto con los trastornos alimenticios y la depresión. Pero no pasa nada, porque siempre hay un producto por el que pagar para sanar.
Llega el momento. Paso la pulsera por el lector. Al tratarse de un pase de segundo nivel, una sintonía se reproduce en mis oídos al cruzar el umbral, seguida de una voz:
«¿Te sientes triste? ¿Desesperado? ¡Con el nuevo masticable sabor a fresa Prozac Paradisus, di adiós a la depresión!».
Sostengo con firmeza el arcaico artefacto con el que inclinaré la balanza hacia la justicia. Ese es mi cometido, y no otro.
Accedo al recinto por la pasarela correspondiente —la única a la que da acceso mi pulsera—, un interminable túnel holográfico donde se reproducen cientos de anuncios hasta llegar a la zona del recinto reservada a mi casta festivalera.
El pan del perrito caliente —ecológico y vegano, por supuesto— lleva estampados numerosos logos. Los hielos de mi combinado, tres cuartos de lo mismo.
Pago veinte créditos —un mes de sueldo— por acceder a un baño portátil de la marca Tesla. Cuando entro, me veo inmerso en un breve comercial donde la marca me presenta su nueva aeronave no tripulada. Una vez finalizado el anuncio, dejo lo mío en el repositorio de desechos y me voy.
Los del pase de tercer grado son quienes peor lo llevan: solo pueden acceder a la primera mitad del concierto, y únicamente desde la zona reservada a su casta festivalera, ubicada en la trasera del recinto, a más de dos kilómetros del escenario —en el mejor de los casos.
Me ubico en una posición privilegiada de la zona intermedia, a unos cuatrocientos metros de la zona reservada al primer nivel, y aguardo la aparición de la estrella favorita de toda una generación de anormales. Mientras tanto, la publicidad se sucede en las pantallas, así como en mis oídos.
Ante el muro de contención —transparente— que separa las distintas zonas del recinto, diviso las últimas filas de la primera clase: la delantera, una de las zonas más ambicionadas, cuyo precio lo establece un modelo de inteligencia artificial horas antes de que los pases salgan a la venta, en función de la demanda.
Conozco a personas que han solicitado una hipoteca para hacerse con un pase de primer nivel. Algunas han cedido órganos a la organización, años de servicio no remunerado e incluso el vientre en alquiler, para que las Rosalías del mundo hagan su sueño realidad.
Minutos antes del inicio del concierto, hace aparición el Buque Dorado. Así llamamos a la nave autónoma donde los vips se desplazan por el recinto: una plataforma de tres niveles donde los afortunados disfrutan de las primeras filas de los principales conciertos.
El Buque Dorado sobrevuela nuestras cabezas, ocupando su posición ante el escenario, ocultando tras de sí un espectáculo que la mayoría tan solo podremos escuchar.
Los asistentes del primer nivel abuchean a los recién llegados; estos, en el interior de la plataforma, se sacan selfies, de espaldas al escenario, inmortalizando el momento por medio de sus lentes integradas —instantáneas que lucirán después en el Metaverso.
Da comienzo el concierto. Los temas se suceden entre anuncios; en un momento dado, la nueva estrella pop del momento habla de los beneficios de las nuevas cápsulas de Lexatín con nanorobots integrados, haciendo que traga una.
Pronto llega el gran momento: el hit que todos esperamos. La estrella hace un descanso en su camerino —puro teatro, ya que se trata de una proyección holográfica—. A su vuelta, los aplausos se intensifican, y justo cuando llega el estribillo, salta el anuncio en mis oídos.
Me preparo para actuar: a mí la música me la suda.
De hecho, esto no es música.
Estoy aquí por otro motivo.
El Buque Dorado tiene tres niveles; los vips tienen su propia jerarquía.
Algo ocurre en el nivel 1 cuando pulso el primer botón.
Una extraña melodía surge a todo volumen desde la zona central:
«Fuck you, I won’t do what you tell me,
Fuck you, I won’t do what you tell me,
Fuck you, I won’t do what you tell me».
Se trata de una antiquísima banda musical llamada Rage Against the Machine, prohibida en el actual Sistema.
Aprieto el segundo botón del arcaico aparato que sostengo —el de color rojo—, y entonces el Buque Dorado descarga los desechos acumulados en los depósitos de los baños en todas las direcciones, sepultando a parte del público del primer nivel bajo la mierda.
Los vips, impregnados en sus propios deshechos, saltan del Buque Dorado sobre los asistentes del primer nivel.
El ataque terrorista hace estragos en la nueva edición del Primavera Tesla Spotify Israel Sound, en su edición del año 3000.
Una inmensa porción de mierda se precipita sobre mi posición. Segundos antes de que me alcance, siento una felicidad que nada tiene que ver con la euforia que acostumbramos a consumir. Y canturreo:
«Fuck you, I won’t do what you tell me».
