Cómo un idiota llega a presidente

Os hablaré de Jacinto Vidal, apodado El Bateador en algún momento de 2032 por un reputado comentarista deportivo, y de cómo llegó a presidente del Gobierno.

Todo empezó una mañana de octubre de 2025: era lunes, un espléndido inicio de semana, soleado y fresco, agradable pese al alto grado de humedad que azotaba Barcelona.

Jacinto, desempleado desde hacía más de un año, tomó asiento en el Hangar, un bar situado bajo su casa, en el cruce de Còrsega con Bailén, junto a una sucursal del Santander.

Pidió un café con leche, juntó el euro con setenta y cinco que costaba, y se perdió en el feed de Instagram durante varias horas, inmerso en la nadería que era su vida.

Fue entonces que recapacitó un instante:

«Tan inútil no debo de ser, cuando sé respirar y cagar al mismo tiempo sin desmayarme, que es más de lo que muchos son capaces de hacer».

Razón no le faltaba; no obstante, ciertamente era un inútil: jamás había trabajado y vivía de las ayudas familiares, además de ciertas subvenciones que la Generalitat ofrecía a personas sin recursos como él.

Pasado un rato, notó un extraño cosquilleo en el brazo izquierdo. Una vez deslizada la mirada por la zona afectada, detectó un mosquito que, sediento, tomaba posición.

Lo aplastó con un rápido movimiento, de manera instintiva y sin miramientos, con un fugaz manotazo —un tanto exagerado— que llamó la atención del resto de clientes ubicados en la terraza.

Luego, a fin de asegurarse de que el molesto insecto había sido correctamente ejecutado, analizó la palma de su mano, donde lo halló aplastado, espachurrado, defenestrado: hecho mierda.

Fue justo cuando se disponía a limpiarse la mano con una servilleta que se le encendió la bombilla. Pensó en las nuevas corrientes políticas y el neoliberalismo. Pensó profundamente.

Mano en alto, discurrió acerca de los nuevos dirigentes de esas corrientes —de pensamiento, de comunicación política, de persuasión—, establecidas en la manipulación y el control mental de la masa por medio de las redes sociales.

Se dijo que, en el fondo, el fascismo versaba sobre cautivar al más tonto para, así, silenciar al inteligente. Se dijo, además, que tal vez él podría ser el rey de los tontos: su gran líder.

Se alzó de un salto y echó a correr con dirección a la tienda de tatuajes situada calle arriba, más allá del cruce con Industria. Jamás se había tatuado: nunca se le había ocurrido el qué.

Irrumpió en la tienda, mano en alto, y explicó al encargado —mostrándole el mosquito descuajeringado que yacía en su palma— que deseaba que se lo tatuasen tal cual, en estilo realista.

Aguardó unos días a que el tatuaje curara del todo y se personó en la sede más cercana de aquel nuevo partido de extrema derecha que, al parecer, lo estaba petando en las encuestas.

Cuando estuvo ante el secretario general, no dudó un instante y le cruzó la cara con un fuerte manotazo: resonante, espectacular y, en cierto modo, desternillante.

Todo se quedó en silencio. Los presentes se observaron los unos a los otros, anonadados; nadie entendía nada, como cabía esperar. Entonces Jacinto alzó la mano en alto:

– ¡Este mosquito ha estado a punto de picarte, mi hermano…, si no llego a estar aquí, madre mía, lo que habrías sufrido, una picadura así puede acabar con la salud de un hombre!

Los de alrededor empezaron a aplaudir la hazaña del recién llegado; el secretario general se mostró muy agradecido con él, tanto que le cedió el puesto:

– Eres el indicado, estoy seguro —dijo.

En adelante tendría ocasión de ejecutar su estrategia con los altos cargos del partido, hasta llegar al mismísimo presidente, ansioso este por conocer a la nueva incorporación y su método infalible.

Se comenta que la hostia fue tal que resonó en Valencia; desde Murcia no tardaron en confirmar que el eco había llegado unas horas después, diluyéndose finalmente a las puertas de Elche.

Cuando Jacinto llegó al Congreso de los Diputados, no tuvo rival: a hostia limpia, fue recibiendo el agradecimiento de todo aquel que era bendecido por El Bateador, a buche vivo.

Por supuesto, la base electoral del partido recibió el nuevo método con los brazos abiertos. Jacinto se dejó caer en toda capital de provincia, a mano abierta y a hostia limpia.

Cuando un obrero de extrema derecha, al divisar el mosquito en su palma, a cara cruzada, le daba las gracias con los ojos empapados de lágrimas, Jacinto sentía la piel erizarse.

Llegó un punto en que se sintió Dios y, claro, ante tal situación, no pudo sino actuar en consecuencia, arrasando en las generales de 2035 con una aplastante mayoría absoluta.

Para entonces ya había partido la cara a toda España, por lo cual había recibido el agradecimiento del mismísimo Rey, al cual, por supuesto, torció el rostro con un manotazo.

Fue entonces cuando, una vez nombrado presidente, pudo por fin conocer al Santo Padre, aquel nuevo papa del que todo el mundo hablaba: el Santo.

«¡No será capaz!», dudó la mayoría. Incluso el mismísimo Jacinto tuvo sus dudas, pero, al verse ante el más alto representante de Dios en la Tierra, alzó la mano y… ¡ZAS!

El Santo Padre se acarició el rostro, al borde del noqueo —el presidente había mejorado su técnica en los últimos años, alcanzando por ello la más absoluta perfección.

Y el presidente, orgulloso de su dominio, preguntó:

– ¿Qué opina usted, Santo Padre? De proponérmelo, ¿podría llegar a ser Dios? —el Santo Padre se mantuvo dubitativo. Fue entonces cuando el presidente alzó la mano, mostrando el mosquito.

El papa, al divisar el insecto en la palma de su mano, se sintió sumamente agradecido de que el presidente lo hubiera aplastado antes de recibir su picadura y, alzando una mano en alto, lo bendijo:

Dominus sit semper tecum, et benedictio Dei omnipotentis, Patris, et Filii, et Spiritus Sancti, descendat super te et maneat semper.

Luego, se arrodilló ante Jacinto, rendido a su don.

Todos alrededor aplaudieron de manera frenética, vitoreando a aquel que, habiendo creado la ficticia amenaza que acechaba, los libraba de ella con su espectacular método: aquel, el nuevo Mesías.

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