Una pena culpable invadió mi vientre al sentir tristeza por aquel yonqui que, en otro tiempo, me esforcé en considerar un amigo, consciente de que no hay amistad entre drogadictos, ni tampoco del drogadicto hacia quien no lo es —digamos que el yonqui no entiende de amistad: está demasiado enfermo como para amar, respetar o cuidar.
Aquella larga sucesión de stories contenía algunas fotografías antiguas, donde aparecía joven, aún por estrenar —«invencible», según sus propias palabras.
Las imágenes causaron en mí una profunda impresión: eran sus buenos tiempos; no porque fueran mejores, sino porque resultaban más sencillos de asimilar. Había menos guerras, diría; tal vez las mismas, pero éramos menos responsables.
La madurez hace a uno más consciente de la naturaleza del mundo que habita. Como el conocimiento, esa consciencia es profundamente humillante: cuanto más crees entender, menos comprendes. Es un abismo desalentador, un pozo sin fondo.
Aquellas imágenes resultaban terribles: ¿cómo de deprimido debía estar para sentir aquella melancolía tan profunda? Solo hay un motivo por el que una persona incapaz de amar dedica tiempo a la nostalgia: la pura desesperación.
Me dije que no era buena señal. Estuve a punto de llamar a su madre para advertirla del inminente suicidio de aquel pobre hombre —al que conocí joven e «invencible»—, desencajado de la órbita de su generación por la incompatibilidad de ciertos vicios con las exigencias de una vida adulta en ocasiones degradante, terrible, arrastrada por la fría obligación de mantener la maquinaria de producción activa, donde quienes fuimos niños nos percatamos —dolorosamente— de que jamás llegamos a despedirnos de nuestra juventud.
Se me vino a la mente el soliloquio del personaje Romano en la película La gran belleza, del cineasta italiano Paolo Sorrentino:
«¿Qué tenéis contra la nostalgia? Es la única distracción que le queda a quien ha perdido la fe en el futuro».
Me decidí a llamarlo, por si podía hacer algo para calmar su desazón, o tal vez por simple morbo: conocer de primera mano los detalles de su visible debacle personal.
Al cabo de tres tonos, descolgó el teléfono:
– ¿Sí? —había pasado mucho tiempo; sin duda, no tenía mi número en la agenda.
– ¿Jandro? —siempre fui el único en dirigirme a él por diminutivo.
– ¡Hostia! ¡Mira quién es! —Tal vez me reconoció por la voz—. ¿Cómo va todo?
El «¿Cómo va todo?» es el «¿Qué tal?» de quienes se han abandonado.
– Estoy bien. Bastante bien, de hecho —respondí, y fui directamente al grano—: ¿Cómo estás tú? He visto las fotos que has publicado en Instagram. Qué tiempos, ¿verdad?
– Sí, qué tiempos… Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde —sentenció con una frialdad estoica y carente de victimismo.
– Pero, Jandro, ¿qué has perdido exactamente? —Sentí la urgencia de entender cuanto antes aquella nostalgia, aquel pozo oscuro que me aterraba más que un monstruo bajo la cama—. ¿Tiempo? ¿Salud? ¿Oportunidades? ¿Te hubiera gustado hacerlo mejor, no haber hecho daño a tanta gente con tu absurdo comportamiento?
– Energía. El tiempo nunca es perdido, más aún si se consume en disfrutar, celebrar y alcanzar el clímax. Simplemente pasa, nada más; lo que se pierde es la energía.
Reí —por no llorar—. Luego dedicamos un rato a situarnos en nuestras respectivas realidades inmediatas, mientras el otro callaba y procesaba la información. Tras ello, en cuanto la conversación se volvió protocolaria, rozando lo incómodo, nos despedimos, tal vez para siempre.
Como en la derrota, había belleza en aquella nostalgia. Una belleza desgarradora, profunda, íntima, pero también colectiva.
Era la belleza del tiempo consumido, que no perdido: una belleza que los adultos temen abrazar en el recuerdo, cuando ya han dejado de poseerla.
Me asusto al dudar si aquella proyección de una íntima nostalgia ajena no era sino un espejo.
Luego me digo que, mientras quede tiempo, hay posibilidad práctica de felicidad, incluso en la nostalgia.
En esta larga resaca llamada vida, que cuanto más se exprime, más oprime.

Que no se pierda la energia. 😘😘😘😘😘
Jamás!🔥